lunes, 22 de noviembre de 2010

A pesar de tener dos océanos, actualmente los empresarios colombianos tienen que enviar la mayor parte de las mercancías hacia Asia solo por medio de


Alfonso Monsalve Solórzano


El invierno está destruyendo el país. La realidad es que no estamos preparados para tanta agua. Las tierras bajas se inundan, las laderas se erosionan, los poblados ribereños se anegan, los pobres de las ciudades pierden todas sus escasas pertenencias y hasta los sectores acomodados de las grandes urbes andinas ven cómo el agua ingresa, tempestuosa a sus lujosas residencias.
Si, anteriormente parecía como si el invierno sucediera en otro país. Las imágenes que transmitía la televisión mostraban zonas periféricas del campo con gentes en poblados y caseríos con calles convertidas en ríos, y tierras, que fueron cultivadas, convertidas en lagunas; ganado atrapado o muerto, etc. Y en las ciudades, sobre todo en Bogotá y Medellín, calles, en los barrios populares, es decir, la otra ciudad dentro de la ciudad, convertidas en inmensos barrizales con personas tratando de salvar sus pertenencias. Y claro, todos nos enterábamos de los arroyos en Barranquilla, pero se trataba de la costa, como quien dice, lejos de nuestra realidad.

En una palabra, el invierno era un asunto de la periferia, incluyendo la de nuestras ciudades, y una periferia es eso, un lugar lejano y ajeno donde no vive gente como uno. Pero ya no es de esa manera y no lo será nunca en el futuro. El campo se desabastece, las alcantarillas no resisten la presión del agua por la cantidad de lluvia que llegan a éstas durante tanto tiempo; las carreteras importantes se hacen intransitables, los aeropuertos se cierran y congestionan. En una palabra, la infraestructura comienza a colapsar. Sufre la gente, falla la economía, pero de no de cualquier manera, sino gravemente.

Y no estamos preparados. Para no hablar de las carreteras secundarias y terciarias, que están destruidas, piénsese que Las Palmas lleva fuera de servicio casi ocho días. Que el paso de La Línea, vital para la economía nacional, es una verdadera pesadilla, que la carretera a Buenaventura tiene permanentes derrumbes y demora el transporte de carga hasta límites inaceptables, de nuestra carretera al mar, que ha permanecido intransitable por semanas. ¿Qué decir de La Mojana sucreña, que todo mundo sabe desde siempre que se inunda? ¿De las poblaciones a orillas del Magdalena o del Cauca o de los arroyos de Barranquilla?

No podemos seguir culpando a la geografía. Se trata de que no hemos podido superar niveles de subdesarrollo en infraestructura y prevención de desastres. Tenemos vías mal diseñadas y ejecutadas. Nuestra realidad vial no se compadece con las necesidades de la competitividad que requiere el país. Malas carreteras (basta salir de Colombia y mirar a los vecinos para que nos demos cuenta del atraso en que nos encontramos en este tema), puertos obsoletos, no existe el ferrocarril. ¿Dónde están los planes de ingeniería para evitar las inundaciones de La Mojana o de las poblaciones ribereñas de los grandes ríos? ¿Cuándo se tomarán medidas de fondo para evitar los arroyos en Barranquilla? ¿Cómo se controlarán los ríos y quebradas que inundan los barrios populares (y ahora ya los de los estratos altos) de las grandes urbes?

Cada vez lloverá más –si lo del cambio climático es como nos lo muestran- y también habrá olas de sequía que no estamos en condiciones de enfrentar si no cambiamos radicalmente la manera como lo enfrentamos. De verdad que este es un problema prioritario al que deben invertírsele los recursos necesarios desde los niveles nacional, departamental y local. De no hacerlo Colombia será un país inviable, no en razón de conflictos sociales, sino en virtud del atraso en infraestructura, de control adecuado del medio ambiente y de la falta de prevención y atención en situaciones de desastre.

http://www.elmundo.com

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